Intervención del Presidente de la República Oriental
del Uruguay, Tabaré Vázquez, en la Primera Sesión Plenaria de la XVI
Cumbre Iberoamericana, en el Hotel Radisson
PRESIDENTE VAZQUEZ: En la actualidad, unos 25
millones de latinoamericanos han emigrado de sus respectivos países, y
representan aproximadamente el 13% del movimiento migratorio mundial. Y
aproximadamente un millón y medio de ellos están radicados legalmente en
España, un país cuya diáspora podría calcularse entre un millón y medio
y dos millones de españoles residentes en el exterior. Sabido es que
muchas elecciones, por ejemplo de Galicia, se deciden con los votos
emitidos en México, Caracas, Buenos Aires o Montevideo.
¿Qué decir de Portugal? Unos diez millones de
portugueses viven en su país y otros cuatro millones y medio en otros
países. ¿Y de Uruguay? Poco más de tres millones de habitantes en
nuestro territorio y unos 600.000 en el exterior. Y Buenos Aires, es –y
ayer lo decíamos en el Solís- casi seguramente la segunda concentración
urbana de uruguayos u orientales, como gustaba llamarnos Jorge Luis
Borges, que también tenía vínculos familiares en este lado del Río que
une, que siempre une, a los hermanos pueblos de Argentina y Uruguay.
Basta tener en cuenta estos rasgos que acabo de
enunciar, para comprender que aquí en este recinto y alrededor de esta
mesa no hay víctimas ni culpables, todos somos responsables, mejor dicho
co-responsables. Y si somos co-responsables, debemos actuar en
consecuencia, todos debemos hacerlo, tanto los países de origen como de
destino migratorio; respetado las normativas nacionales y la legislación
internacional referida a estos procesos; respetando los derechos, lo
cual no significa deslizarse al todo vale, ni caer en modalidad alguna
de discriminación, atendiendo especialmente la situación de niños,
adolescentes y mujeres migrantes, y simultáneamente generando
desarrollo, porque –permítanme reiterar algo que expresé ayer– la gente
no emigra por el placer de viajar ni por amor a la aventura. Lo que la
gente reclama, porque lo necesita y porque tiene derecho a ello, es un
lugar donde realizarse como persona y vivir dignamente en sociedad. Una
dignidad que implica nivel y calidad de vida, que implica alimentación,
salud, educación, empleo, protección social, pero que también implica
libertad, tolerancia, democracia, justicia, solidaridad, esperanza y
confianza.
Amigas y amigos, creemos que no hay fórmulas
milagrosas ni recetas infalibles para el desarrollo, pero aún así,
algunas cosas creemos están claras: primero, el desarrollo no es un
problema técnico, es un asunto sustancialmente político y más aún ético.
Segundo, tampoco en materia de desarrollo pueden
confundirse los medios con los fines.
Tercero, no hay auténtico desarrollo sin igualdad; no
hay desarrollo sin libertad y sin democracia, como régimen de gobierno y
estado de la sociedad.
Cuarto, y no hay –reitero- desarrollo sin cooperación
y solidaridad que no es lo mismo que filantropía o caridad.
En este marco –creo- debemos saber administrar y
cuidar la actual y favorable coyuntura económica, esa bonanza económica
debemos cuidarla, creando líneas de defensa para el período de
inversiones del ciclo económico internacional, como acaban de discutir
en el encuentro empresarial en Punta del Este.
Este favorable desarrollo de la economía ofrece
especiales condiciones para: uno, acelerar políticas sociales para
reducir los niveles de pobreza desigualdad y desempleo; dos, consolidar
y profundizar la cooperación regional y la cooperación Iberoamericana.
En ese sentido plantemos un par de iniciativas que de
ser aprobadas podrán traducirse en mandatos a la Secretaría General
Iberoamericana: una, promover encuentros iberoamericanos para la
promoción de las inversiones e infraestructuras; y dos, promover
políticas de cooperación iberoamericana a PYMEs y microempresas.
Señoras y señores, amigas y amigos, tales son los
temas planteados en esta reunión que por supuesto no aspira a resolver
total y definitivamente pero que tiene la inexcusable responsabilidad de
aportar a su progresiva y colectiva dilucidación.
Tal es nuestra responsabilidad, la de quienes estamos
aquí y ahora. Una saludable forma de abordar esa tarea es -permítame la
sugerencia- hacerlo sin mayor retórica. Ser concretos, lo que no
significa ser intrascendentes, seguramente ayudará a que la síntesis de
esta reunión no se reduzca a un libro de quejas o a una carta de deseos
y pedidos navideños.
La comunidad iberoamericana no puede reducirse a un
cronograma de reuniones ni a una colección de discursos y fotos
oficiales, ni a la evocación nostálgica de lo que fue, lo que pudo ser,
de lo que deseamos ser o de lo que tal vez algún día podemos ser.
La Comunidad Iberoamericana en tanto casa común
habitable para todos, sin que nadie tenga que renunciar a lo suyo, será
señoras y señores lo que nosotros mismos seamos capaces de construir.
Muchas gracias.
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