01/03/2000                                                                       

Palabras del Señor Presidente de la República, Dr. Jorge Batlle Ibáñez, en la ceremonia de trasmisión de mando.

Montevideo, 1 de marzo de 2000.-

 

Hace quince años cuando el país retomó el sendero de la democracia, tuve la fortuna y el honor de ser entonces el presidente de la Asamblea General y tomarle el juramento que hoy yo pronuncié a Julio María Sanguinetti. Con fortuna y con honor. La fortuna porque los hechos me permitieron en esa circunstancia desempeñar ese cargo tan augusto para cualquier ciudadano civil. Nada más ni nada menos que presidir la Asamblea General, o sea ser el representante mayor de las voces del pueblo, el enorme honor de hacerlo a alguien con quien ya no puedo decir cuantos años veníamos trabajando juntos por las mismas cosas .

Como siempre tuvimos más o menos diez años de diferencia. Creo que lo conocí de once años y creo que fue a esa edad que empezó a trabajar en política junto a mi señor padre y desde entonces hasta ahora, a veces en la concordancia prácticamente el 95% de los casos y 5% en la discrepancia, pero siempre de acuerdo en una cosa. Siempre de acuerdo en lo más importante, en que la libertad de este país se defendía desde la política, con la política. Porque es desde la política, con la política y con partidos que se hacen las naciones y que se hace la democracia.

Le tocó al presidente Sanguinetti -y pese a la solemnidad de la circunstancia quiero decir- le tocó a mi amigo Julio Sanguinetti en ese primer período de gobierno una tarea enorme, que fue la de restablecer el principio de entendimiento, y de paz entre los uruguayos. Fue sin ninguna duda una tarea propia a la cual con la presencia de hombres de la relevancia del General Seregni y de esa enorme figura del país que fue Wilson Ferreira Aldunate, pudimos de a poco ir reconstruyendo.

Recuerdo que como senador, la primera ley que nos tocó votar fue la ley de amnistía y recuerdo que como ciudadano el último acto político que asistí poco tiempo antes de la elección, fue el plebiscito para ratificar aquella ley que sin ninguna duda el pueblo aprobó como un símbolo de la voluntad de paz y de entendimiento entre todos los uruguayos.

Todo ese período estuvo signado básicamente por esa gran corriente de sentimiento de unidad que el país encontró en sí mismo y que le ha dado su fortaleza y que le ha dado no solamente su salud institucional, sino su salud espiritual. Luego manes de la democracia, el Dr. Lacalle me ganó la elección. Fue un período importante para el país donde se hicieron cosas que permitieron ir mirando hacia otros horizontes y más tarde la ciudadanía le volvió a dar a Julio María Sanguinetti la responsabilidad de conducir la República. Ya era otro tiempo el que comenzábamos a vivir, sobre los hechos de la administración anterior que había comenzado aperturas significativas e importantes y luchas enérgicas en procura de estabilidades fundamentales y esenciales a la vida de una sociedad.

Esta administración que hoy yo recibo del Doctor Sanguinetti, consolidó esos hechos. Nunca nadie podrá olvidar el discurso del primero de marzo, que naturalmente como usted podrá imaginar voy a tener que tomar terribles lecciones para poder seguir sus pasos e intentar por lo menos desde lejos seguirlo en sus improvisaciones maravillosas, aunque usted bien sabe que con la pintura no me voy meter. Fue un discurso formidable el suyo, porque fue un discurso que señaló los hitos esenciales alrededor de los cuales el país iba a tejer su conducta política en los cinco años que han transcurrido: la Reforma de la Constitución, que la hicimos; la Reforma de la Seguridad Social que la hicimos; la Reforma de la Educación que hemos hecho cosas enormemente importantes en esa área; la Reforma del Estado que la hemos comenzado y muchas cosas aún faltan en ese camino.

Pero además pudimos estabilizar la economía, pudimos eliminar la inflación, pudimos hacer que esas cuentas macroeconómicas que la gente las mira como si no tuvieran incidencia en la vida diaria, pero cuando se desordenan y cuando se desarreglan son las que más nos castigan y castigan siempre al que menos tiene. Eso lo logramos y lo hicimos de tal forma que hoy no hay ciudadano ni mujer ni hombre, en ningún sector social, en ningún sector político, que no sienta que esos son valores esenciales y que solamente desde ellos el país puede crecer.

Por tanto, ambos períodos de gobierno estuvieron signados por objetivos tan distantes, pero se alcanzaron. Creo que eso significa no sólo inscribir un nombre en la vida política de la Nación, sino también significa inscribir un rumbo, significa inscribir coordenadas que son prácticamente definitivas y a las cuales nosotros hoy, al recibir esta banda de usted en esta casa, nos comprometemos a continuar. No digo a mejorar porque ustedes saben que eso siempre es difícil y el azar y muchas veces más que el azar la necesidad, hace que uno proponga y otros -los Dioses- disponen.

Pero por lo cierto, tanto yo como aquellos ciudadanos de los partidos que me acompañan y que componen este gabinete, nos hemos comprometido a guardar la línea que usted ha iniciado, la profundizaremos y lucharemos para hacer de este país, junto a nuestros hermanos de América, este gran continente de unidad.

América merece, y esta es la etapa que viene, que seamos un gran continente de unidad. Tenemos una fuerza enorme, unos pueblos formidables, sanos, deseosos de trabajar y de crecer. Tenemos riqueza, tenemos espacio, somos un formidable continente rodeado de dos grandes océanos que nos separan de otros problemas graves en otros lugares.

Al comienzo de este milenio, tenemos una enorme y formidable responsabilidad y un gran desafío. Y usted, que ha sido también en ese mundo un hombre importante, no crea que va a poder ir a descansar. Lo vamos a utilizar para que trabaje no sólo para el Uruguay, sino para el continente entero. Gracias, Sanguinetti por lo que ha hecho por este país.